El placer de viajar

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Qué lindo es viajar, sobre todo cuando tienes unas 5 horitas de espera en un aeropuerto en donde lo único que hay es un kiosco y un café. A eso hay que sumarle la falta de enchufes indispensables para poder cargar el teléfono, laptop, iPod o lo que sea que hayas estado utilizando durante el viaje y que se te haya acabado la batería. De todas maneras, hay que admitir los aviones tienen la ventaja que nos permiten trasladarnos rapidísimo a cualquier parte del mundo. Pero claro, hay que renunciar a horas de sueño, a la comodidad de un asiento con dimensiones decentes (por supuesto que esto no sucede en primera clase), a una comida que te sacie el hambre y ni hablar de tener que acomodarse a los horarios de los aeropuertos. Ni el movimiento de los astros ni los avances del sigo 21 van a salvarte de los vuelos demorados ni mucho menos de los cancelados.

Pero bueno, todo sea por la experiencia que voy a vivir en un par de horas! Ya no puedo creer que esté en suelo Americano. Y menos entiendo que voy a permanecer en este punto del mundo durante un largo tiempo. En mi camino a Nueva York me sucedieron un par de cosas que ahora son graciosas, pero en ese momento claramente no. Por suerte nada muy grave. Creo que lo peor fue haberme quedado dormida en el bus que me trasladaba desde el aeropuerto doméstico de Buenos Aires (Aeroparque) al de vuelos internacionales (Ezeiza). Eso significó haberme bajado en el lado incorrecto, y tener que caminar con mi equipaje, que cabe aclarar que no era nada liviano, hasta literalmente el otro extremo del aeropuerto, sumado al frio que tenía por no estar viajando preparada para el aire fresco del invierno de Buenos Aires. Además, por si no me hacía falta algo más que sumarle al panorama, tenía unas ganas tremendas de ir al baño. Así que caminaba como podía, con dos valijas pesadísimas, congelándome. Y cuando finalmente llegué a la terminal, me enteré que Delta, la aerolínea con la que viajaba, comenzaba a atender a partir de las 5 de la tarde. Miro el reloj: la 1 pm.

No podía hacer el check in, por lo que tuve que quedarme esperando en la sala de arribos que, como ya les dije, no tenía nada para hacer, ni tampoco tenía un maldito enchufe. Sabía que había otra chica de Argentina que iba a viajar con migo, pero obviamente no iba a venir con tanto tiempo de anticipación, así que me senté y leí los primeros capítulos de un libro que encontré en mi casa y lo puse en mi mochila a último momento: “Cometas en el cielo”.

El tiempo pasó súper lento, y finalmente llegó la hora de embarcar. Ahí conocí a Sofi, mi compañera de viaje. Y entre charlas y preguntas el viaje pasó de ser una tortura a algo entretenido, casi divertido. La fila interminable para inmigraciones en el aeropuerto de Atlanta no fue tan mala con la compañía de alguien. Esperamos un par de horitas en esa escala y en casi nada llegamos a Nueva York, donde nos esperaba un viejo alto y canoso con un cartel rosa de Cultural Care, y nos llevó hasta la TS en menos de una hora. Quedaba más lejos de lo que pensaba, pero apenas entré al campus me enamoré del espacio. Edificios de arquitectura clásica, un poco descuidada para los estándares universitarios americanos, pero con una bellísima vista de un campo verde y el mar newyorkino.

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